Por María Fernanda Campos
En mi barrio hay de todo. Es como una ciudad a escala, en miniatura. Tiene su propia escuela, tres templos evangélicos –uno cada dos cuadras con sus respectivos pastores-, un kinder, una botica escasamente nutrida, una vulcanizadora, un taller mecánico, dos panaderías, tres abacerías –plurinacionales y multiculturales- y una heladería (a la que se le hacen agua los helados por los frecuentes cortes de energía). Tiene también, como cualquier barrio típico guayaquileño, su verdulero oficial, el ‘cangrejero’ y hasta su propia estación de colectivos que levantan más polvo que ‘La Bomba’.
Como decía, en mi barrio hay de todo, y todo funciona, menos los semáforos, el PAI, mi marido. Pero lo que más abunda en mi barrio son los lugares de expendio de bebidas alcohólicas. Salvo error u omisión, en ‘mi zona’ funcionan tres licoreras y al menos un establecimiento clandestino. Me explico. En todo barrio (o por lo menos en el mío) hay alguien que vende alcohol –en cualquiera de sus presentaciones- desde su propio domicilio y generalmente en horarios prohibitivos. El ‘negocio’ es regentado por ‘La Madrina’, un personaje medio truculento, que todos los vecinos saben que existe, pero que muy pocos han visto. Lo que sí se sabe con certeza es que este negocio casero va viento en popa. No hay madrugada en que no se escuche el clamor de los borrachines del barrio: ‘Dos, pero vestidas de novia (bien heladas), madrina’. Y salen dos bien frías por una ventana con vocación de claraboya. Otro, más pluto que el perro de Disney, grita a todo pulmón: ‘Véndame seis, madrina, pero que estén culo de foca’. Y aparecen de la nada seis ‘culo de foca’, seis bielas recontra heladas. Y así sucesivamente hasta que empieza a clarear el día, y los seguidores de Baco empiezan a rendir tributo al extenuante esfuerzo de empinar el codo.
Generalmente me despierto a las seis de la mañana para empezar mis benditas labores de madre y esposa. Luego de desperezarme, suelo asomarme en el balcón de mi dormitorio para recibir el nuevo día. Y todos los días, excepto los domingos, me encuentro con el mismo espectáculo: La calle, mi calle, donde vivo con mi familia, es una suerte de campo de batalla (de botella, debería decir), donde yacen los caídos en acción, aquellos que libran una singular guerra contra el alcohol, una guerra que nunca ganan, pero no por eso se
dan por vencidos. Mañana volverán a la carga, y yo volveré a escuchar el mismo grito de batalla: ‘¡Madrina, dos pescuezonas pero que estén pepa!.



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