Por María Fernanda Campos P.
Siento que muero todos los días. Muero de sueño. Muero de hambre. Muero de amor. Muero del susto. Muero de ganas. Esto de morirme se me está haciendo un hábito. Recuerdo el poema Carta a Lizardo, donde el autor afirma que el que nace una vez, debe morir dos veces. Yo, que a duras penas le he escrito cartas a mi novio, sostengo que se vive una vez y se muere mil veces... o más.
El otro día no más caí muerta de la impresión, viendo un muerto, muerto del todo. Y es que al ver a este cadáver sin sueño, sin hambre, sin amor, vi el rostro de mi padre, un hombre que también se muere a su manera. Estaba en el velorio del tío de una amiga.
Ella, sepultada por la pena; yo, medio muerta del cansancio. Y el muerto, cruzado de brazos. Y su rostro, clavado en mis ojos. Empezamos a hablar de amistades enterradas en el pasado que nos gustaría exhumar. Nos morimos de fastidio. Los minutos se morían, las horas desfallecían, la noche agonizaba. Y el rictus de la muerte que se cruzaba una y otra vez por mi memoria. Y yo, paralizada, con terror de volver a mirarle el rostro a este difunto. Pero tenía que hacerlo. No me asustaba la muerte; me horrorizaba la idea de que el muerto sea mi padre. Será que los hombres ya muertos son todos iguales, me preguntaba.
Volví a verlo. Otra vez sentí que me caía. Qué extraño y aterrador parecido. El luto empezó a clavárseme en el alma y en la mente, mientras sentía que me vomitaba el suicidio para dentro. Se me moría lentamente el sentido común, la razón, el entendimiento. Luchaba por sacudirme de este inexplicable y lúgubre atontamiento. No podía ser él. No podía ser mi padre. Pocas horas antes lo había visto muerto de las iras. El, al igual que yo, acostumbra a morirse de vez en cuando, pero esto de acostarse en un ataúd, con la mirada fija en la nada, era un tipo de muerte desconocida para ambos.
Por fin logré sacudirme. Lo llamé por mi celular. ¡Aló!, dijo una voz que parecía que provenía de ultratumba. Era él. Y estaba vivo, salvo que me hubiese comunicado con el más allá. Pero no, la telefonía celular aún no llega a esos límites, aunque se afirma que ya se pueden enviar mensajes. Sin duda, la voz que respondió a mi celular era la voz ronca de mi padre. Mi padre estaba vivo. Y yo renacía porque volvería a verlo nuevamente llegar muerto del trabajo, y escucharlo morirse del coraje escuchando las noticias de muerte de la medianoche. Esta mañana he recordado este episodio del velorio del tío de mi amiga y, casi sin darme cuenta, he empezado a morirme de la risa.



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