| Cortesìa Diario El universo, gente cruzando por al Av. Francisco de Orellana |
Por María Fernanda Campos
En el principio era el caos. Y después también. Al menos en Guayaquil, donde el caos vino a quedarse por los siglos de los siglos, amén. Aquí los dinosaurios no desaparecieron, más bien evolucionaron con la tecnología que hoy en día nos contagia a todos como un virus incurable. Hace unos 65 millones de años, estos bichos gigantescos se alimentaban de todo ser viviente que encontraban a su paso. Hoy en día, esta dieta prehistórica sigue intacta. Aunque ahora, los vehículos del siglo 21 son los nuevos lagartos terribles, con trompas de hierro y acero, a quienes también les gusta devorar carne en movimiento.
Mi guarida está ubicada en una ciudadela que bordea la Avenida Francisco de Orellana. Llegar hasta mi cueva sólo me es posible a través de mi terodáctilo (un inofensivo Picanto de 4 puertas) de otra manera a donde me transportaría sería directo al más allá. Y verán por qué, estimados lectores, yo no corro velozmente. Y es que para cruzar esta callecita hay que tener buenas piernas y una visión privilegiada para esquivar el flujo de automóviles. Innumerables veces he visto como los vecinos de las ciudadelas contiguas a este avenida sortean sus vidas entre un carro y otro. Debería pensar nuestro ministro de deportes en implementar esta maratón ¨por la vida¨ como una nueva disciplina física, como deporte extremo o como un desafío para vencer a la muerte.
Hace poco fui testigo de lo inevitable: un accidente. Una mujer fue impactada por una camioneta cuyo conductor huyó como alma que se la lleva el diablo, aunque fue el alma de la víctima la que realmente se marchó para el otro barrio. Pobre chica, la recuerdo bien. Era alta, de contextura delgada, vestía pantalón y camiseta. Llevaba una funda en sus manos y un hilo de sangre en la cara. A su alrededor había gente extraña ‘sapeando la nota’. Me contaron que se llamaba Lucía. Llegaron los policías de tránsito y una ambulancia a hacer su trabajo. El vigilante a redactar el parte y el paramédico a cerrarle los ojos a la occisa. Y no llegó nadie para abrirle los ojos de una vez por todas a las autoridades competentes -mejor dicho, incompetentes- y puedan ver la imperiosa necesidad de construir pasos peatonales para cruzar estas avenidas de alta velocidad y de alto riesgo para los peatones.
Sin duda, la Ciudad de Olmedo y de Nebot está guapa. La han embellecido como trataron de embellecer a Lucía en la funeraria. Pero el maquillaje fue inútil. Lucía ya no luce como antes.
Los vehículos, algunos de ellos manejados por criminales de cinco velocidades, se han apoderado de la ciudad. Los administradores de la urbe conocen el pito. Pero no quieren oirlo. Los que andan a pata tienen sus días contados.
Días atrás, una señora y un niño intentaban cruzar esta avenida. Parecía que se estuvieran preparando para entrar a un juego. Escuché claramente cuando la mujer le decía al infante "a la cuenta de tres , corres" . Imagino que es el juego de ganarle a la muerte. Casi sucede una tragedía. El niño cayó en medio de la calle mientras corría. Un carro frenó a raya. Bienvenido de nuevo a la vida.
Cada vez que cruzo por esta avenida embarcada en mi picanto voy esquivando vidas. Me saludo con un escuadrón de panzones que trotan por la avenida tratando de bajar de peso, probablemente sin saber que la ‘huesuda’ anda cerca y con hambre. Todos, a un paso de la muerte… y todos, a un paso peatonal de la vida.



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